
"En Rissani, milagroso espejismo de un millón de palmeras, que surge como un río de la nada en medio de un páramo ardiente, y antiguo emplazamiento de la mítica Siyilmasa, que en el medievo fuera el centro obligado que unía Europa con los países africanos del sur, de donde las caravanas traían el oro de Tombuctú y la sal de Taodeni, compré ocho bidones para el gasóleo y el agua y los hice soldar con barrotes a los costados del Nissan. El polvo del coche entre las casbas rojas y las palmeras con reflejos de plata tenía el sabor de lo antiguo. Estaba al fin en la puerta del desierto y seguía sin conciliar el sueño. Veinte kilómetros hacia el sur acababa la vegetación y era, por tanto, el último islote de verdor, por donde todavía corría el agua."
MANUEL VILLAR RASO: Últimos paraísos.
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