"Todo respiraba paz y un gozo impregnado de fragancias. Abajo murmuraba una fuente. Y dos monjes, de cierta edad y de barba negra como el ébano, estaban sentados en un banco. Otro, de edad difícil de adivinar y frente a los otros dos, en un balcón del primer piso con la cabeza apoyada en la mano. Unas nubecillas navegaban por el cielo. Los dos del banco se levantaron dirigiéndose a la iglesia. Otros dos bajaron por una escalinata (...) En la iglesia unas voces empezaron a entonar suavemente salmos según melismas antiquísimos. Las voces se elevaban y bajaban, eran algo infinito, tan lejos del lamento como del alborozo, algo solemne que parecía venir sonando de la eternidad para tornar a la eternidad."
HUGO VON HOFMANNSTHAL: "Unos instantes en Grecia"
