“Seguía tendido inmóvil bajo el papel alquitranado, en un silencio lleno de toqueteos de duende. Otra vez su cuerpo se inclinó cada vez más oblicuo hacia abajo a través de pasillos opalinos de bóvedas como ingles, con costillas de luz solar en extinción que se elevaban disolviéndose en penumbra, y llegó a descansar al fin en los jardines sin viento del mar. En torno de él estaban las cavernas y grutas balanceantes, y su cuerpo yacía en el suelo ondulante, dando tumbos pacíficamente a los ecos oscilantes de las mareas.”
WILLIAM FAULKNER: Estos trece.