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jueves, 14 de junio de 2012

BRUJAS XI



“Era invierno cuando estuve en Brujas. Yo conocía la de Rodenbach, en su novela Brujas, la muerta. Y algo de esa imagen permanecía aún allí, llegando a pensar que la eternidad debía ser como Brujas; una estación perenne de reposo, siempre gélida y fijas sus agujas y veletas continuamente en el mismo segundo y mismo viento. Y nuestros pies ensayaban ir deprisa para no ser apresados de golpe por aquella trampa de silencio sin nadie.”

RAFAEL ALBERTI: La arboleda perdida.

sábado, 23 de julio de 2011

SEGOVIA XV


“Segovia para mí será siempre, primero, en la visión de mi recuerdo más distante, ese gran diplodocus de piedra que es el acueducto romano, cuyo espinazo pasa sobre la ciudad, descendiendo su poderosa cola hasta posarse sobre el campo. Hacia los años 30 o 31 se permitía subir y andar por su alto cauce, sintiéndose allí la vibración de todo aquel esqueleto de piedras superpuestas, una de las maravillas –aún intactas- en medio de nuestro desalmado iberismo. Sonaba en aquella rectilínea cumbre el viento, y nuestros ojos –los de María Teresa y los míos- bajaban vertiginosos hacia las casas de la ciudad, subiéndose al instante hacia los montes de la sierra, aferrándose a ellos para no precipitarse en el vacío.”

RAFAEL ALBERTI: La arboleda perdida.


“Arpa de piedra le llamó Zahonero al colosal aguaducho de Segovia, aunque de seguro no canta el viento, por fuerte que sople, entre sus arcadas. En torno de ellas chirlean los vencejos, que ponen entre sus piedras sus nidos. Porque esas piedras, amontonadas tácticamente sin argamasa alguna, achaflanadas por aguas y soles y vientos de siglos, conservan su individualidad cada una de ellas y son como otros tantos soldados de una legión en orden de batalla quieta.”

MIGUEL DE UNAMUNO: Andanzas y visiones españolas.


“Por encima de los aleros de algunas casas que hay junto a la catedral se ven a lo lejos los arcos del Acueducto, cuyas piedras están sueltas, sin argamasa, y llevan ya muchos siglos sin caerse. Entre la gente del pueblo hay la creencia que fue hecho por el demonio; algo de razón tienen en esto, pues no se puede dar una construcción más descabellada y de más belleza y grandeza.”

JOSÉ GUTIÉRREZ SOLANA: La España negra.


“E iban avanzando despacio, que desde que se vio la catedral o el Alcázar antes de caer la niebla parecía que no iban a llegar nunca, o que se habían perdido; pero poco a poco entró ya de lleno la mañana, y relumbró el sol, y allí estaba el puente del Acueducto, como maravillosas ventanas sin cristales, y ojos para cien ríos.”

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO: El mudejarillo.

lunes, 4 de abril de 2011

LANZAROTE XVI


Vuelvo a encontrar mi azul,
mi azul y el viento,
mi resplandor,
la luz indestructible
que yo siempre soñé para mi vida.



Aquí están mis rumores,
mis músicas dejadas,
mis palabras primeras mecidas por la espuma,
mi corazón naciendo antes de sus historias,
tranquilo mar, mar pura sin abismos.



Yo quisiera tal vez morir,
morirme, que es vivir más, en andas de este viento,
fortificar su azul, errante, con el hálito
de mi canción no dicha todavía.



Yo fui, yo fui el cantor de tanta transparencia,
y puedo serlo aún, aunque sangrando,
profundamente, vivamente herido,
lleno de tantos muertos que quisieran
revivir a mi voz, acompañándome.



Mas no quiero morir, morir aunque lo diga,
porque no muere el mar, aunque se muera.
mi voz, mi canto, debe acompañaros
más allá, más allá de las edades.



He venido a vosotros para hablaros y veros,
arenales y costas sin fin que no conozco,
dunas de lavas negras,
palmares combatidos, hombres solos,
abrazados de mar y de volcanes.



Subterráneo temblor, irrumpiré hacia el cielo.
Siento que va a habitarme el fuego que os habita.

RAFAEL ALBERTI

A César Manrique, pastor de vientos y volcanes.

lunes, 1 de noviembre de 2010

PUERTO DE SANTA MARÍA I


"Sin cenar apenas, me acosté, durmiéndome en seguida, cruzado el sueño de azoteas azules, que ella saltaba alegremente, perseguida por mí y los ladridos de su perro, entre la algarabía de todo el barrio, encaramado hasta en la punta de las veletas. Pero a ninguno de los tres nos importaba. Sin Treviño, que jamás supe por qué rincón del sueño se había extraviado, seguíamos corriendo, a caballo sobre los pretiles, más lejos cada vez de los que nos gritaban, desvaneciéndonos al fin por la penumbra fresca de aquella manzana con chimeneas que se iba hacia el mar..."

RAFAEL ALBERTI: La arboleda perdida.