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lunes, 23 de julio de 2012

ZAMORA IV


ZAMORA, LA BIEN CERCADA

Zamora era un pueblo precioso, pequeño, modestísimo, de casas bajas, en medio de rigores extremos e inviernos prolongados. Cuando la primavera asomaba por el mes de mayo, la gente extenuada y contenta, igual que en León, salía a recibirla a la puerta de las casas, la hacían pasar a lo más íntimo de ellas, por lo general la cocina, la sentaban con ellos y le hablaban. Las mujeres se llevaban la mano a la boca, por coquetería; los hombres se arrascaban la nuca un poco, con delicadeza.

Como todas esas ciudades que quedan a trasmano en un país fronterizo, era también un pueblo literario. Se habría podido forjar en él una pequeña leyenda, y la gente vivía únicamente las horas serenas de la luz. Para el resto, Zamora quedaba a merced de los faroles agónicos y de combativas estrellas.

Como todos los pueblos y ciudades sin llamativos monumentos ni riquezas ni prestigio, sufrió la devastación del desarrollismo a costa de su carácter. De la noche a la mañana empezaron a desaparecer los viejos caserones, las alquerías, las antiguas posadas de carreteros, los jardinillos, los conventos… En su lugar fueron metiendo lo que meten en todas partes, y uno se queda inerme como ante esos ramos secos que se olvidaron de retirar de un monumento.

Tampoco sabe uno si los recuerdos que tiene de Zamora son verdaderos o falsos, aprendidos en las fotografías viejas, en los periódicos de hace cuarenta años, en los libros. Veo una fuente de piedra de algún Carolo, y en ella abrevando una reata de burros con llamativos jaeces. Veo también un bazar con juguetes de hojalata, cavases y muñecas de ojos mecánicos. Veo un escaparate con toda clase de sombreros y boinas. Al fondo de una taberna oscura, oigo hablar a cuatro o cinco hombres, con el compás de las piernas abierto y las varas rectas de fresno o de avellano en la mano. Pero sobre todo diviso, a la orilla del río, mujeres que lavan la ropa, y la tienden un poco más allá, en unos prados, para que el sol y el gallo, los dos príncipes, pongan su mano en ella.

Todas las ciudades cambian, incluso las que como Venecia o Lisboa, por ejemplo, no parecen hacerlo.

Mucho ha cambiado Zamora, y sin embargo hay algo en ella indestructible. ¿Qué?

Zamora, la bien cercada, era un pueblo precioso, humilde y con carácter, una calle principal, otras que afluyen, la Audiencia, la catedral, el Duero… Había algo de doloroso en todo ello, pero también mucho de alegre invitación a la vida: en primavera los vencejos, las golondrinas, en verano las mañanitas frescas y el espejuelo de las alondras, en otoño el canto de las ranas, en invierno el frío aliento de la meseta, cómo celebraban, qué vítores lanzaban a lo alto y recogían todo, y con el propio sufrir de su pobreza, unas lágrimas difíciles, contadas, amasaban el pan que al hombre le hacía crecer sano y fuerte, sin olvidar la muerte.

Tenía, y tiene, un rasero común, que era muy alto: el sastre elegante, el carbonero, el zapatero de portal, el talabartero, el canónigo, el aperero, el apoderado del banco, la muchacha de quince años cruzando por el puente de piedra, el tabernero que sirve el vino peleón de Toro y derrama un poco sobre la mesa… Todo lo que algún día fue, lo será eternamente, y aunque nadie vuelve nunca a la misma ciudad, ni a bañarse en el mismo río, hay algo que en ella no puede haber cambiado: su pasado. Acaban de enterrar allí a Claudio Rodríguez, el amado, duradero poeta. Respira ahora en silencio, como los árboles. Soñó esa ciudad hasta hacerla distinta, así que ya no sé si he vuelto al burgo predilecto y viejo o a unos versos antiguos, siempre nuevos.

ANDRÉS TRAPIELLO: Mar sin orilla.

lunes, 14 de mayo de 2012

PONTEVEDRA V


“Pontevedra es un pueblo tristísimo, bonito, pero triste; tiene eso. Me esperaba mi amigo X, que me lo enseñó. En cuanto empiezan a hablar los gallegos, le entra a uno morriña de no sabe qué y unas irrefrenables ganas de ponerse a llorar. Mi amigo me decía, por ejemplo: «Esta es la iglesia de Santa María». Y sólo con esto me entraba una pena profunda, como si me estuviese comunicando una noticia lamentable, o dándome el pésame por alguna desgracia.”

ANDRÉS TRAPIELLO: Los hemisferios de Magdeburgo.

jueves, 18 de febrero de 2010

TRUJILLO


“Seguramente Trujillo es de los pocos pueblos que quedan en España en que uno puede tener la sensación de estar viviendo cien años antes y, aunque modesto, uno ha de agradecer este lugar que es un poco el lá-bas del que hablaba Baudelaire para poder huir. Uno en Trujillo no pasea por el pueblo, sino lejos de todo esto.”

ANDRÉS TRAPIELLO: El tejado de vidrio.

sábado, 19 de septiembre de 2009

PALENCIA VI


“El sol de Palencia es de los más tristes soles del mundo; es el mismo que venden en los asilos y los orfelinatos, el mismo que, si sobra, se llevan al patio de las cárceles. Pero es, no sé si por ello, o por mis recuerdos, una de las ciudades más hermosas de España. Lo era, al menos. Apenas reconocí nada. Era entonces una ciudad muy pobre y nadie se había tomado aún la molestia de destruirla. En su miseria era hermosísima. Era como un pueblo. Se oían las campanas de la ciudad, se las reconocía como a parientes próximos, las de la catedral, la de San Pablo, la de la Audiencia… Aún circulaban pocos coches por la calle Mayor. Palencia era sobre todo esa calle larga, torcida, estrecha, soportalada. Los soportales le daban un aspecto romántico y levítico. Venía a ella mucha gente de los pueblos circunvecinos a mercar telas, herramientas, aperos, víveres. Zapatos, venían a buscar zapatos. Había muchas zapaterías en la calle Mayor, con la tristeza que eso da a una calle. Se veía a los hombres y a las mujeres vestidos de negro, ellos con chaqueta de pana negra y ellas con sus pellerinas y toquillas de lana, rematadas en madroños aplastados. Al pasar a su lado, le envolvía a uno el olor montuno, a lavanda, a romero, a pastos frescos. A veces se les veía caminar de un lado a otro, como enloquecidos, aturdidos, llevando en la mano el sobre grande de la radiografía que les había dado un médico. Y pese a que la capital no era más que un pueblo, se veía a los pueblerinos caminar cohibidos, sin atreverse a entrar en los comercios, incómodos de aquel cosmopolitismo de las zapaterías.”

ANDRÉS TRAPIELLO: El fanal hialino.

viernes, 13 de junio de 2008

EL "BOLO DE LA PACIENCIA"


"Se trata, simplemente, de un bloque de piedra que Dios sabe cuándo fué colocado sobre un costado de la Catedral, para cerrar el paso rodado en una esquina, que desemboca en la ancha y silenciosa Plaza de Cervantes, siempre enferma de recuerdos y como aplastada entre viejos palacios y casas nobiliarias. En el "bolo de la paciencia", cobraban "paciencia" las lavanderas que subían del Carrión, con sus pesados cestos de ropa sobre las caderas. Eso es todo. Pero su importancia estriba en que nosotros mismos -cuando niños- nos encaramamos sobre él y le saltamos "a la una", centenares de veces y le hicimos pedestal de nuestra propia imagen, sintiéndonos imaginariamente monumento inmortalizado."

VALENTÍN BLEYE: "Rapsodia de la ciudad abierta"





"Hace años el autor de este libro encontró en el Rastro otro, desnudo de su sobrecubierta, entelerido y provinciano, que llevaba por título el de "Rapsodia de la Ciudad abierta", y el subtítulo de "Dietario lírico". El nombre que figuraba a la cabeza, Valentín Bleye, nada le dijo y poco le dice aún, pero sí mucho la ciudad castellana, Palencia, donde se escribieron esas páginas y donde se metieron en prensas, y mucho más le dirían y le harían sentir, cuando las leyó. No es del todo frecuente que el arroyo nos traiga, como el fondo del mar en cierto relato oriental, perlas de un extraño fulgor. Asaltados por el milagro diario, uno ha de dejarse encandilar por lo que llega a nuestra deslucida existencia con su propia luz, y lucencia viva venía en muchas de aquellas páginas publicadas en el "Diario Palentino" entre 1943 y 1950. Todo, desde el título al enunciado de los capitulillos, era una gloria. "Abierta llamó a Palencia Miguel de Unamuno", escribe Valentín Bleye en la primera línea de este verdadero "Libro de horas", tal y como lo viera el también provinciano Vicente Risco, y abierto querría uno escribir todo lo suyo, como una ciudad a la que pudiera llegarse y de la que pudiéramos irnos, o en la que nos quedáramos siempre, si fuere tal el gusto. Y eso le ocurrió al autor de este "Salón de pasos perdidos" con el dietario del palentino, en el que, entre otras cien pequeñas maravillas (a propósito de los pajareros, de las dulzainas o de los cipreses del Cementerio Viejo), halló la expresión de "fanal hialino" para una de esas mañanas en las que todo parece quieto y límpido, como la pintura de alguno de aquellos primitivos pintores flamencos que trajeron a Castilla el secreto de los crepúsculos y de las sensitivas azucenas. Encontrará aquí el lector, acaso, algo de aquel prodigio, siempre activo y fiel a su cita cotidiana. La vida, por un lado, tal como se nos fija en la memoria y, por otro, en su eterno fluir, tal y como la sentimos. Lo que tiene de fanal se le aligera con lo que tiene de transparente, y lo que se nos muere entre las manos cada día, acaba también alcanzando su propio vuelo, con la firmeza de ese rayo de sol que no sabe de fanales, ni de tipos de imprenta, para llegar hasta nosotros enteramente libre."

ANDRÉS TRAPIELLO

martes, 3 de junio de 2008

OPORTO II


OPORTO, DONDE EL RIO DE ORO VIEJO

“Las ciudades viven mientras nosotros estamos en ellas. Luego nos vamos y todas esas ciudades van muriendo lentamente. Volvemos al cabo de un tiempo a visitarlas, y lo que hayamos son ciudades distintas. Corremos por sus calles con una indescifrable angustia y sin sosiego, tratando de reconocer y rescatar parte de nuestro pasado, de aquel que fuimos y no somos. A menudo ni siquiera volvemos. El mundo está lleno de tumbas donde quedamos, lo mismo que nuestro corazón lo está de las ciudades muertas.

Piensa en el Oporto de hace veinte años. Jamás has vuelto allí y, sin embargo, en pocas ciudades ha sido uno tan dichoso. ¿Existirá aún aquel Hotel París? Era, por dentro, igual que un barco, con una de esas arquitecturas racionalistas un poco vanidosas. Pero era bonito, con sus barras cromadas y sus lámparas de opalina y sus huéspedes estables y sus viajantes de comercio que bajaban a cenar vestidos de gris, como la resignación. Y aquel nombre, ¡París! En todas partes, incluso en mi pueblo, ¡en León!, hay un hotel París, para recordarnos seguramente que uno siempre llega al lugar equivocado; y desembarca uno en París y lo hospedan en el Hotel Inglaterra; y llegamos a Londres y el hotel a donde el azar nos lleva ha de llamarse el Hotel Firenze, y así por todo el mundo.

No había nadie en Oporto, quiero decir turistas, y ese, como se sabe, es el viejo sueño de todos los turistas. Ah, nos decimos, aquellos tiempos en que no había turistas, sino viajeros.

Portugal no estaba de moda todavía, ni siquiera Lisboa. Tiene uno la sensación de haber ido conociendo el final de las cosas. O sea, además de equivocados, decadentes. Era el final del Oporto monarquista, sin imperio, sin colonias, sin comercio. Se veían muchos letreros de compañías navieras que habían desaparecido hacía veinte o treinta años. Estaban en casas de un porte señorial y encopetado, con aire, cómo no, vagamente parisino, que trataban malamente de sostenerse en pie.

Iba uno mirando los rostros de la gente por la calle y descubría en ellos como esa inconfesable angustia que nace del miedo más terrible: ¿Qué vamos a hacer? Y eso es lo que en aquel entonces hacían todos más o menos, lo de siempre, nada.

Hasta los viejos cafés tenían mucho de carrozas funerarias, con aquellos portales de maderas modernistas, llenos de lirios negros. Te hablaban en voz baja: ¿qué va a ser?, como a los moribundos, y uno agradecía la fineza, para seguir mirando aquellos libros comprados en los sótanos de la librería Luso-Francesa (como no podía ser menos), o los otros, de Pessoa, comprados de nuevo todavía, pero editados por Petrus hacía treinta años.

Y las noches junto al Duero, en las tabernas del puerto. Y aquel puente de hierro como un viejo dinosaurio sobre el río. Y aquellos fados, tan tristes, en los que también se hablaba de un tiempo pasado, y unas ciudades remotas y unos amores muertos.

¿A dónde volver, si quisiéramos volver a Oporto? ¿Dónde estará aquella ciudad? ¿Seguirá el Hotel París? Seguramente lo habrán pintado de otra manera. Los cafés serán cafeterías, las tabernas, restaurantes, los fados serán una sabia combinación de fado y rock, y habrán derribado la vieja casa donde estaba la Luso-Francesa, cerca de la estación. Pero sobre todo, ¿a dónde iremos donde no estemos muertos?

Oíd, es la canción que el Duero, un río de oro viejo, trae de España. Es dulce y es alegre, a pesar de su cansancio. Pero ¿dónde está aquel Oporto que era como un Bilbao más suave y confidente? Oíd el Duero. Sólo él es el mismo, contra lo que cierto griego creyó de todo río.”

ANDRÉS TRAPIELLO: Mar sin orilla.



FRANCISCO CASTRO: Talleres en Oporto