domingo, 13 de noviembre de 2011

SAN JUAN DE LUZ I


"Las casas de Urruña y de San Juan de Luz tienen un aspecto extraño y sangriento, producido por la costumbre de pintar de rojo o de color sangre de toro las ventanas y las puertas de los edificios."

THÉOPHILE GAUTIER: Viaje por España.


"San Juan de Luz conserva aún algunos rincones encantadores, algunas tranquilas y bonachonas calles, impregnadas de carácter local: tejaroces desbordantes; fachadas blanqueadas por las que se entrecruzan traviesas verdes y rojas; grandes árboles que rebasan las tapias del jardín; rompientes que dan al mar azul o a los pardos Pirineos; paz y silencio entre los muros blancos, sobre una pavimentación de cantos rodados marinos... Pero el horror de las construcciones modernas se va multiplicando de día en día. No hay un pedazo de playa, no hay una linda colina que no esté deshonrada ahora por alguna edificación costosa, concebida por los advenedizos extravagantes, por los cursis en pleno delirio... ¡Cuando sería tan sencillo ¡Señor! para no desfigurar este país, edificar casas vascas, como ciertos refinados artistas han tenido el buen gusto de hacer!... ¡Ay! ¿Quién nos salvará de la pacotilla moderna, del falso lujo, de la uniformidad y de los imbéciles!..."

PIERRE LOTI: Figuras y cosas que pasaron.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

HENDAYA


“Pequeña ciudad fronteriza del país vasco, Hendaya agrupa sus casitas al pie de los primeros contrafuertes pirenaicos. Hállase encuadrada por el verde océano, el ancho Bidasoa, brillante y rápido, y los herbosos montes. La primera impresión que produce el contacto con aquel suelo áspero y rudo es más bien penosa, casi hostil. En el horizonte marino, la punta que Fuenterrabía, ocre bajo la cruda luz, hunde en las aguas glaucas y reverberantes del golfo, rompe apenas la austeridad natural del bravío paisaje. Salvo el estilo español de sus casas, el tipo y el idioma de sus habitantes, y el atractivo particularísimo de una playa reciente, erizada de orgullosos palacios, Hendaya no tieno nada capaz de retener la atención del turista, del arqueólogo o del artista.”


“Al salir de la estación, un camino agreste flanquea la vía del ferrocarril y conduce a la iglesia parroquial, situada en el centro de la población. Sus muros desnudos, flanqueados por una torre maciza, cuadrangular y truncada, se yerguen sobre un atrio levantado a la altura de unos pocos escalones y circundado de árboles de tupida fronda. Es un edificio vulgar, pesado, reformado, carente de interés. Sin embargo, cerca del lado sur del crucero y disimulada bajo las masas verdes de la plaza, se levanta una modesta cruz de piedra, tan sencilla como curiosa. Hallábase antiguamente en el cementerio comunal, y hasta 1842 no fue trasladada al lugar que ocupa actualmente junto a la iglesia. Así, al menos, nos lo afirmó un anciano vasco que había desempeñado, durante largos años, las funciones de sacristán. En cuanto al origen de esta cruz, es totalmente desconocido, y nos fue imposible obtener el menor dato sobre la fecha de su erección. Sin embargo, fundándonos en la forma de la base y de la columna, no creemos que pueda ser anterior a las postrimerías del siglo XVII o a principios del XVIII. Sea cual fuere su antigüedad, la cruz de Hendaya constituye, por la decoración de su pedestal, el monumento más singular del milenarismo primitivo y la más rara expresión simbólica del quiliasmo que jamás hayamos visto. Sabido es que esta doctrina, aceptada primero y combatida después por Orígenes, san Dionisio de Alejandría y San Jerónimo, aunque la Iglesia no la hubiese condenado, formaba parte de las tradiciones esotéricas de la antigua filosofía de Hermes.”

FULCANELLI: El misterio de las catedrales.

sábado, 5 de noviembre de 2011

HONDARRIBIA


“Las casas de Fuenterrabía se alzan en una suerte de península que orlan las aguas lentas del Bidasoa y las olas del Atlántico. Colina con calles ascendentes, malecones y aceras empinadas, que recuerda, por su topografía el célebre Mont Saint-Michel de Francia, y que, como este último, está coronada por una iglesia cuyo campanario señala el punto más alto de la aglomeración de viviendas. Iglesia visible desde Hendaya, pero que determina, en cierto modo, los inicios de una nueva temperatura espiritual.”

ALEJO CARPENTIER: Crónicas 1: arte, literatura, política.



“Fuenterrabía me había dejado una impresión luminosa. Había quedado en mi mente como la silueta de un pueblo de oro, con campanario agudo, al fondo de un golfo azul, en una extensión inmensa. No lo he vuelto a ver como lo vi. Fuenterrabía es un pueblo bastante bonito situado en una planicie con un paseo de árboles abajo y, al lado, el mar y bastante cerca de Irún. Una media legua.”

VÍCTOR HUGO: Los Pirineos.



“Al pie del Jaizquibel me tienta a diario la ciudad de Fuenterrabía –oleografía de la tapa de España– con las ruinas, cubiertas de yedra, del castillo del emperador Carlos I, el hijo de la loca de Castilla y del Hermoso de Borgoña, el primer Habsburgo de España, con quien nos entró –fue la Contrarreforma– la tragedia en que aún vivimos.”

MIGUEL DE UNAMUNO: Manual de quijotismo. Cómo se hace una novela.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

PASAJES DE SAN JUAN


"Una cortina de altas montañas verdes recortando sus cimas sobre un cielo resplandeciente; al pie de esas montañas, una fila de casas estrechamente yuxtapuestas; todas estas casas pintadas de blanco, azafrán, verde, con dos o tres pisos de grandes balcones resguardados por la prolongación de sus anchos tejados rojizos de tejas huecas; en todos esos balcones, mil cosas flotando, ropa secándose, redes, harapos rojos, amarillos, azules; al pie de esas casas, el mar; a mi derecha, a mitad de la cuesta, una iglesia blanca; a mi izquierda, en primer plano, al pie de otra montaña, otro grupo de casas con balcones que daban a una vieja torre desmantelada; navíos de todas las formas y embarcaciones de todas las medidas colocadas delante de las casas, amarradas bajo la torre, yendo por la bahía; en esos navíos, en esa torre, en esas casas, en esa iglesia, en esos harapos, en esas montañas y en ese cielo, una vida, un movimiento, un sol, un azul, un aire, y una alegría inexpresables: he aquí lo que tenía delante."

VICTOR HUGO: Los Pirineos

viernes, 28 de octubre de 2011

PEINE DEL VIENTO




“Lenta, muy lentamente, cede la sombra paso al leve vuelo de la luz. Sólo entonces, después del radical descenso a lo oscuro, supimos lo que nos había sido dado: la materia y la revelación de sí que es la forma. La forma, bien sabemos, no es algo sobreimpuesto; está generada por la materia misma que se revela en ella. La forma, dice Nietzsche, es para el artista lo que el no artista llama fondo. Por supuesto para crear hay que llegar al fondo, al fondo de lo oscuro. Lo que emerge después de tal descenso es la obra y sólo entonces la conocemos, en el recién dibujado borde de una aún trémula luz.”

JOSÉ ÁNGEL VALENTE: Chillida o la transparencia (Elogio del calígrafo).





lunes, 24 de octubre de 2011

SAN SEBASTIÁN


“San Sebastián es una ciudad cosmopolita, hermosa, nueva y presurosa. Su destino brillante, de gran ciudad de veraneo, con huéspedes ilustres –reyes, jefes de Estado, artistas, etcétera– le ha llevado a que los habitantes la cuiden con mimo y regalo. Los hermosos paseos de que goza servirán al viajero para perder sus mañanas y sus tardes en un tranquilo deambular contemplando la fiereza de las aguas cantábricas o la serenidad de los verdes montañeses. Un placer es sentarse en cualquiera de las terrazas de los bares del paseo de la Concha a contemplar, solamente a contemplar.”

IGNACIO ALDECOA: El País Vasco.


“En los monumentos de San Sebastián se ve que la inspiración ha partido de contratistas, de maestros de obras y de concejales. Hay una mezquindad y una insolencia en las gentes que viven en estos pueblos modernos que la comunican a todos los objetos del exterior. Así, las calles, las tiendas, las casas, todo responde a su manera de ser, seca y aparatosa; todo es feo, mezquino y triste.”

PÍO BAROJA: El País Vasco.

viernes, 21 de octubre de 2011

ZUMAIA


“En los acantilados de Zumaia, podemos asistir a la extinción de los dinosaurios, al nacimiento de los Pirineos o a los cambios cíclicos del clima. Todos estos acontecimientos están registrados en el flysch, un inmenso hojaldre de piedra que va alternando capas de calizas, margas y areniscas. Cada una de esas capa es una página de historia natural y entre todas forman un libro de ocho kilómetros que abarca cincuenta millones de años.”

ANDER IZAGIRRE: Cuidadores de mundos.

http://gentedigital.es/comunidad/anderiza/



"¿Recordáis este paisaje conocido de Zumaya? ¿Recordáis cómo amanece Zumaya, dulce y alegre, a la vera de una ría tranquila, tras un recodo de la costa cantábrica coronado de la espuma innumerable de este fuerte mar?"

GASPAR GÓMEZ DE LA SERNA: Entrerramones y otros ensayos.

miércoles, 19 de octubre de 2011

ITZIAR


“Itziar no tiene puerto, a pesar de estar cerca y encima del mar; es una aldea terrestre, con varios caseríos rodeados de maizales. Cerca de las casas se levantan almiares de heno y de helechos, que en el país se llaman «metas». En las partes elevadas reinan los robles y los castaños, y en los derrumbaderos las carrascas.”

PÍO BAROJA: El País Vasco.

lunes, 17 de octubre de 2011

MUTRIKU


“Motrico, visto desde la altura de un monte cercano, parece una construcción bonita y caprichosa de un arquitecto de casas de Nacimiento. La actividad de su puerto pesquero y el contraste de lo campesino y marinero de las carretas de bueyes o de vacas y de las barcas de pesca, le prestan también una gratísima confusión de Nacimiento. No sería extraño que un buen día, un día lunático o limbático, los bueyes tiraran de las barcas y los carros fueran impulsados a remo. Motrico sin querer se ve con ojos de niño.”

IGNACIO ALDECOA: El País Vasco.

martes, 11 de octubre de 2011

SAN ADRIÁN DE ARGIÑETA





“A dos kilómetros al norte de Elorrio, en lo alto de una colina erizada de oblicuas y añosas hayas, se encuentra la ermita de San Adrián de Arguineta, y los veintitrés sepulcros de la raza desconocida.

Conduce al monte un estrecho camino ascensional, duro de pedruscos. Se avanza respirando trabajosamente entre planos verdes de sembrados. Por el senderillo se tropieza con chicos que llevan una vaca atada de una cuerda. Hacia oriente zigzaguea en el cielo la línea azul de los Pirineos, y la quietud del paraje es tal, que una gota de rocío suspendida del vértice de una hoja se desvanece sin desprenderse. Los troncos de corteza manchada anuncian el monte; las bellotas se despegan de las ramas, y el silencio es tan profundo que cuando ruedan los frutos sobre las hojas secas, se escucha el ruido de su choque como alternativas goteras que no mojan el follaje.

Durante la ascensión, me he sentado varias veces en el margen de los prados; luego, he continuado hacia arriba, he tomado un recodo defendido de espinos hostiles y, de pronto, en una planicie de lo alto, formando rectángulo en el calvero, he visto los veintitrés ataúdes de piedra llamados sepulcros. Los ciclópeos cajones de arenisca muestran, separados en la delantera, discos de piedra con talla de cruces de cuatro cabezas.

Algunos ataúdes están descubiertos y exhiben un interior amusgado de hojas secas. El escavado sitio destinado a la cabeza va enganchando su hueco a medida que llega a los hombros, estrecha su paralelogramo a medida que avanza hacia los pies, y en una tapa se lee, en latín: In dei nomine, humus in corporen. Viven fecit. In era CMXXXI. Hic dormit. («En el nombre de Dios, Mumo hizo esta sepultura, viviendo en el cuerpo. Año 931. Aquí duerme»).

No, ya no duerme allí. Polvo y hojas secas ocupan su lecho. Hace treinta años las sepulturas aún contenían cuerpos momificados. Un niño, que ahora es hombre, recuerda haber arrancado un pedazo de esqueleto del interior de un ataúd y de haberle dicho a sus compañeros de aventuras:

–Éstos son muertos de cartón.

Se ignora a qué raza pertenecieron los cuerpos que ocupaban estos enormes nichos. Las conjeturas de los arqueólogos son tan opuestas que carece de interés citar sus pedantescas parrafadas. Algunos suponen que los sepulcros, por su simétrica estructura y el sol mirando a Oriente, son los restos de una desaparecida colonia inmigrante que adoraba al Dios Sol, mas lo evidente es que los ciclópeos ataúdes, labrados en areniscas, fueron traídos de muy lejos, pues en Elorrio no se encuentran canteras que suministren muestras de semejante calidad.

Corroboraba dicha suposición, la costumbre que hasta hace pocos años observaban ciertas poblaciones vascas de la vertiente francesa de los Pirineos, de labrar el disco solar en sus sepulturas. Esto mueve a pensar si el ritual no es la continuidad de una costumbre pagana o el atributo de una raza desaparecida.

Mientras me paseo bajo las ramas de los robles, mirando franjas de cielo azul entre las manchadas hojas, recuerdo que aquí, en siglos pasados, los bisabuelos de estos campesinos vascos que hoy pasan con largo blusón hasta las rodillas la noche del viernes anterior al primer domingo de agosto, llevaban a cabo fiestas de carácter extraño y casi druídico.

Acudían de las cercanías pastores y aldeanas; el más anciano de los etcheco jauna degollaba en la noche a la movediza lumbre de las grandes fogatas un buey joven y cebado, y en presencia de los sacerdotes, lo colgaba en un árbol. La res se desangraba sobre el pasto, frente a los sepulcros de piedra en los que se reflejaban las sombras de los seres humanos que danzaban bajo las ramas. A las doce horas del día siguiente se despedazaba la res. Cada concurrente recibía un trozo de carne, en silencio ritual. Los agraciados y sus compañeras se marchaban a sus cabañas; por la noche regresaban y nuevamente se bailaba al son del tamboril y del silbo del txistu, mientras la luna subía plateando las vertientes de los Pirineos. Las momias de los veintitrés ataúdes escucharían sordamente, a través de las removidas cubiertas de los sepulcros, el estrépito infernal de la saturnalia humana.

Camino entre los sepulcros sin esperar que una voz ocupe, con su sonoridad, la expectativa que este cuadrilátero de ataúdes suscita en el alma. Me siento en el canto de un féretro. ¿Cuántos bueyes habrán sido necesarios para transportarlo? Lo real es que Mumo ha rodado al polvo. Una gota de rocío permanece suspendida del vértice de una hoja y el disco de piedra muestra su labrado sol pagano, con la cruz de cuatro cabezas hacia un monte azul. De polvo somos, y al polvo volvemos.

¡Sí, piadoso Mumo! Jamás en su vida terrestre del año 900 habría imaginado usted que un hombre de Buenos Aires, con el cuello del perramus levantado hasta las orejas, vendría a sentarse irreverentemente en el canto de su ataúd. Así nos ocurrirá a nosotros. Creemos auténtico el paisaje que se refleja en la pompa de jabón. Hay que vivir. La muerte y la Nada se pasean dulcemente abrazadas en la cima verde de un monte vasco.”

ROBERTO ARLT: Aguafuertes vascas.


BENITO LERTXUNDI: Milia.

sábado, 8 de octubre de 2011

VITORIA III


“Vitoria está en la lejanía. Vitoria es una masa gris de la que destacan violentas las torres de las iglesias (Santa María, San Miguel, San Pedro y San Vicente). Mágicamente esta masa gris se nacará de pronto. Atardece y las últimas luces del crepúsculo, las luces frías del sol tras de los montes, se reflejan en las cristaleras de sus galerías y miradores. La ciudad tiene un aire encantado, un aire de ciudad de cuento apresada bajo una campana de cristal que fulge, que transmite noticias importantes al viajero con un sutil parpadeo. El corinto del crepúsculo ha sido después verde, verdiamarillo, amarillo. Hay un momento en que se borra la serenidad virgiliana de la Llanada; hay otro momento, éste misterioso, en que se siente inmersa a Vitoria en una paz de abismo: el momento misterioso y fugacísimo de la total quietud de los campos.”

IGNACIO ALDECOA: El País Vasco.

miércoles, 5 de octubre de 2011

VITORIA II


“A la Catedral nueva Javier no la miraba al pasar. Esta pretensión de hacer una iglesia gótica en pleno siglo XX, le parecía demasiado absurda.”

PÍO BAROJA: El cura de Monleón.





“Ved la nueva catedral. Se alza muy deprisa; en el solar se elevan a gran altura los pilares, la girola, los ventanales inmensos del ábside, los macizos de porches y pórticos, los entablamentos. Ando entre las piedras, los bastidores y los andamiajes. Indudablemente, allí se trabaja mucho; pero… se imita, se copia (…) La Almudena y la catedral nueva de Vitoria no tienen razón de ser. Son, porque el clericalismo español quiere alardear de su poder indiscutible; pero estas piedras son demasiado blancas, excesivamente, para decirnos esas historias que cuentan las piedras de las verdaderas catedrales. ¿Qué historia tienen las nuestras de hoy? Pues sencillamente que a un obispo rico se le ocurrió erigirse un gran sepulcro en piedra de la ciudad; pidió y obtuvo la ayuda de un pueblo católico; los reyes, invitados, vinieron a poner la primera piedra, y dos arquitectos trazaron la planta en un amén: eso es todo.”

EUGENIO NOEL: Diario íntimo. La novela de la vida de un hombre.

sábado, 1 de octubre de 2011

VITORIA I


"El azar nos condujo luego a una calle escarpada, a la derecha de la iglesia, y nos fijamos en un balcón de una forma especial y tan saliente que formaba como una salita al aire libre... Seis damas tomaban el fresco en él, iluminadas por los rayos de la luna, y Doré no perdió la ocasión de hacer un dibujo de aquel gracioso cuadro. En los antiguos barrios de Vitoria, es decir, en la ciudad alta, vimos otros balcones del mismo género."

BARÓN DE DAVILLIER: Viaje por España.


"Poníase el sol cuando entramos en Vitoria. Después de atravesar una porción de calles de una arquitectura medieval y de bastante mal gusto, detúvose el coche en el Parador Viejo, en donde registraron minuciosamente nuestros equipajes. Nuestro daguerrotipo, sobre todo, inquietaba sobremanera a los buenos aduaneros; acercábanse a él con toda clase de precauciones y como gentes temerosas de volar; yo creo que lo tomaban por una máquina eléctrica, y nosotros nos guardamos muy mucho de sacarles de aquel saludable error."

THÉOPHILE GAUTIER: Viaje por España.


"Tiene Vitoria aire señorial, recuerda algunas ciudades castellanas, y al mismo tiempo revela también cierta semejanza con los pueblos del centro de Francia. En Vitoria la ciudad vieja está formada por ocho calles concéntricas de antiguas mansiones con escudos, que se levantan en torno de la catedral. La calle mayor con sus casas de grandes miradores de cristales tiene un aire un poco de vitrinas de museo."

PÍO BAROJA: El País Vasco.