"La villa de los hidalgos, de las viejas casas solariegas destartaladas y añoradizas, que se tienden al pie de la vieja colegiata. Y en ésta un claustro románico en que los capiteles de las columnas mellizas hablan de tiempos de una barbarie ingenua en que la guerra era caza. ¡La sugestión de estos viejos claustros en que se cree uno liberado del peso de los siglos!"
MIGUEL DE UNAMUNO: Por tierras de Portugal y de España.
Oigo como un rotundo tronar de capiteles ¿Abrirá tras las lomas el mar grutas azules? Crece el musgo en las uñas de los leones de piedra. Las ballestas apuntan al vientre de los niños. El pueblo es un gran árbol de piedra retorcida y la lluvia no cesa de suavizar su lomo. En el aire un aroma enfermo de eucaliptos. Guardaré todo el sueño de esta noche en mi pecho y volveré a pensar en las hortensias húmedas del jardín, en la hierba medieval de los claustros. Monstruos de las arcadas, abrid bien vuestros ojos abultados, sabed que también yo soy duende y sé de sortilegios y de milagrerías. Fresquísima es la boca de la noche en las gárgolas. Viene un ciervo de piedra a beber en la fuente. Huele su piel a azufre, a aire marino, a yedra. Se yergue suntuoso como un rosal, es ciego y suenan sus pezuñas de plata en cada losa. Mil veces lo han herido de muerte por los bosques y otras tantas lo han visto desde las celosías inclinar en la fuente su cabeza sonámbula. Qué angustia recordarme sin balcón en la noche, sin navío de piedra surcando las higueras, el maíz primitivo, los paganos cipreses. Guardaré todo el sueño, la belleza en huida y seguirán las rosas de herrumbre tan lozanas floreciendo en las verjas como negros halcones. Sí, volverá el milagro de la lluvia otra noche con el son enlutado, hondo, de la vihuela, con las yeguas en celo piafando en las cuadras, con el bello ajimez prieto de ruiseñores.
Guardaré, maga amiga de sienes de violeta, el sabor de tus labios hechizados a muerte.
ANTONIO COLINAS (Fantasía y fuga en Santillana del Mar)
"Me limitaré, pues, por ahora a recordar aquel caluroso mediodía, y el lento despertar de la villa a nuestro paso. Porque Santillana se fue despabilando, a medida que avanzábamos hacia su corazón, cual si el repiqueteo de los cascos del mulo anunciase algo distinto, un relajarse de su monotonía secular, la hidalga y la villana, que agravaba el rigor del estío. Puesto sobre la crin pringosa, mi ojo azul observó las sucesivas recuperaciones: entreabríanse los lienzos y esteras protectoras de las puertas, y en las rendijas se esbozaron rostros indecisos; asomaba, en los pórticos, el desperezarse de los rústicos; aquí y allá, vagas mujeres detenían la despaciosa, sonámbula tarea de recoger la ropa puesta a secar; salió un letrado a su balcón, flojas en la nariz las gafas de cuerno, despeinado y desplanchado, y nos estuvo examinando, como si nos imaginase; y así, mientras los cascos taconeaban, aparecieron también tres o cuatro señores de pro, dentro del marco de sus ventanas, como si en nuestro camino estuvieran colgando unos grandes retratos ancestrales, junto a los escudos soberbios, para honrar a Lope de Angulo que volvía, aunque lo cierto es que el Mudo ni tenía blasón, ni con antepasados de calidad y de retrato contaba, en esa Santillana del Mar, orgullo de la Montaña, tan renoble y archinoble, donde tantos se preciaban de descender de los Reyes Godos, que en aquel momento asistía al espectáculo de que alguien se atreviese a perturbar su sacra siesta, y para colmo de que ese alguien fuese un forastero."
"Salimos de Santander y nos detuvimos en Santillana, la villa muerta como Brujas, dormida, mejor en el remanso de la Historia. Todo era soledad y silencio, porque Santillana parece el pueblo más arrinconado del mundo, el más apartado de todas las rutas de la vida activa."
BENITO PÉREZ GALDÓS: Cuarenta leguas por Cantabria.
"Santillana del Mar, con su aspecto de antigua decoración de teatro, hecha para que delante se reciten décimas sin parar, nos mueve a buscar una compensación en la cueva de Altamira. El arte tradicional nos pesa mucho; lo hemos mirado tanto que es muy difícil esperar de él ninguna repercusión egregia sobre nuestros nervios. ¡Arte románico, gótico, renacimiento! Nuestras reacciones ante ellos se han hecho tan habituales que casi son ya movimientos reflejos."
"Era un día radioso y habíamos ido a Santillana del Mar. El autobús del correo, lanzado como una furia desde Torrelavega, deja al viajero, admirado de vivir aún, en una pequeña hostería. De allí a la población hay cinco minutos. Cinco minutos para asombrarnos de esta vetustez insospechada y solemne. Casas señoriales de la Edad Media, negras de siglos, con escudos que ya casi son muecas de piedra. Las hay que se separan del resto uniforme, mohinas y orgullosas, y quedan aisladas, en ángulo, o lejanas, orondas entre lo verde. Las otras, en ringlera, con una severidad que por lo gastada es cómica, bordean las callejas. De pronto todas dan "flanco derecho" y forman una plaza. Casas románicas, casas góticas, casas sin estilo definido, todas con gran tejado en alero para protegernos de esta lluvia cantábrica, perenne como remordimiento sin penitencia."
MANUEL TOUSSAINT: Viajes alucinados. Rincones de España
“Parecía que en aquel rincón del mundo la rueda del tiempo se había parado. Las horas resbalaban grises, monótonas, como largos bostezos, lo mismo que los años, lo mismo que los siglos, sin dejar huella, sucediéndose las generaciones iguales, uniformes, con las mismas ideas, con las mismas palabras, con las mismas cosas, en una mansedumbre fluvial, con el silencio de las aguas muertas… Un estupor de eternidad señoreaba toda la villa; andaban las gentes blandamente, sin prisa, con un ritmo grave y pausado, como si todos los trabajos estuvieran señalados, como si no hubiese más oficio que esperar, esperar perpetuamente.”
"Adiós, tranquilo hogar, techo amigo, sobre el cual han rodado tantos huracanes sin arrancar una sola hierba de esas que nacen solitarias y solitarias mueren, en las grietas que forman una y otra pizarra desunidas. Yo me ahogo en las blancas paredes de tus habitaciones mudas y sin ruido.
Tu silencio y tu tranquilidad pesan sobre mi alma como la fría losa de un sepulcro."
“El viejo colegio acoge hoy el Museo de Escultura castellana, y el peregrino no dejará de empapar los ojos con sus bellezas o de sobrecogerse y preguntarse por estas tan torturadas figuras de Berruguete, consumidas interiormente por alguna llama o inquietud, que en su tiempo se encontró que era algo amenazante y peligroso. Pero estamos aquí para evocar ahora la gran batalla dialéctica entre el doctor Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas sobre si los recién descubiertos indios de las Américas eran hombres. Y, en la portada misma del edificio, vemos a un lado y a otro unas figuras humanas revestidas de escamas: son los americanos, como decía D’Ors.”
"Y cerrando los ojos veo las negras calles de la Alberca, los balconajes de madera, los aleros voladizos de sus casas, las mujeres sentadas en el umbral de las puertas y los niños jugando en la calle, y allí, en la fuente, una moza llenando el cántaro. Y corre la vida, como el agua de un arroyo que baja de la cumbre entre guijarrales. Y a las veces, el agua se enturbia. Y otras, como en este verano, casi se extingue por la sequía. Robustos castaños ciñen a la Alberca. Y los hombres miran al cielo, por si llueve sobre la tierra."
MIGUEL DE UNAMUNO: Andanzas y visiones españolas.
JOSÉ GUTIÉRREZ SOLANA: Retrato de Don Miguel de Unamuno.
"Desde Esparta descendí por un valle en dirección sur, hacia el golfo de Laconia. Tras haber pasado varios días en el interior, el puerto de Gytheion me cautivó con su larga hilera de terrazas de restaurantes y resplandecientes balaustradas. Un camarero llegó con una servilleta de papel gigante y cubrió por completo mi mesa con ella. Después la fijó con pinzas para que no se la llevara el viento. A continuación me trajo un aperitivo de marisco y una jarra de vino blanco. Al otro lado del agua aparecieron unos veteados trazos de montañas: en Grecia uno raras veces deja de ver la próxima recalada."
"Dos horas de caballo nos pusieron en Palencia, ciudad antigua y bella, admirablemente situada a orillas del Carrión, y famosa por su comercio de lanas. Nos alojamos en la mejor posada que había, y seguidamente fui a visitar a uno de los principales comerciantes de la ciudad, para quien me había dado una recomendación mi banquero de Madrid. Dijéronme que el señor estaba durmiendo la siesta. «Entonces -pensé yo- lo mejor será hacer otro tanto», y me volví a la posada. Por la tarde repetí la visita, y vi al comerciante. Era un hombre bajo y corpulento, de unos treinta años; al pronto me recibió con cierta sequedad, pero no tardaron sus modales en dulcificarse, ya lo último no sabía ya cómo darme suficientes pruebas de su cortesía. Me presentó a un su hermano, recién llegado de Santander, persona inteligente en grado sumo, y que había vivido varios años en Inglaterra. Ambos se empeñaron en enseñarme la ciudad, como lo hicieron, paseándome por ella y por sus cercanías. Admiré sobre todo la Catedral, edificio de estilo gótico primitivo, pero elegante y ligero. Mientras recorríamos sus naves laterales, los dulces rayos del sol poniente, al entrar por las ventanas arqueadas, iluminaban algunos hermosos cuadros de Murillo que adornan el sagrado edificio. Desde la iglesia lleváronme mis amigos por un camino pintoresco a un batán de las afueras. Abundaban allí el agua y los árboles, pareciéndome los alrededores de Palencia uno de los lugares más agradables que hasta entonces había visto. Cansados de rodar de una parte a otra, fuimos a un café, donde me obsequiaron con dulces y chocolate. Tal fue la hospitalidad de mis amigos, sencilla y agradable, como hay mucha en España."
"De Jerba se había traído Simbad el aroma de la flor del naranjo agrio y el del mercado de las especias; la voz susurrante de sus mercaderes; el rostro de una bella mujer de Guellala, bajo un puntiagudo sombrero de paja; el dibujo de unas sirenas con alas en el busto; la imagen de André Gide buscando miradas adolescentes en el café de Nattes; y la negra sombra del obelisco, que substituye a la destruida Torre de los Cráneos, construida con las calaveras de miles de españoles decapitados por los turcos en el año mil quinientos."
“Sobre ello, hace unos días almorzando en Pedraza, pueblo de la provincia de Segovia, hablaba con Andrés Trapiello, al amparo de un figón castellano. Transcurría azorinianamente lento el tiempo y, desde la ventana, una luz cenicienta penetraba dentro de las cosas. Al exterior, las calles y las casas semejaban un relato de las «Novelas ejemplares». Un poco más allá, se extendía la gran plaza del pueblo, sin nadie, sin un paseante, sin un niño jugando a la pelota. Pensamos los dos en una frase de Cervantes puesta al final del emocionante y conocido prólogo del Persiles: «A Dios gracias; a Dios donayres; a Dios, regocijados amigos, que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida».
Ya en el campo, la tarde caía lentamente sobre los cerros pardos y ondulantes. Dejábamos atrás la vetustez de los muros de Pedraza, como uno de los pueblos olvidados del progreso material, unos de los innumerables que conservando su belleza salen tristemente desde las páginas de Cervantes.”
“En una procesión como la del Viernes Santo, en Bercianos de Aliste, se acompaña el cadáver de Cristo como al de un gran señor en el medioevo, o luego en el barroco; pero los cofrades van envueltos en sus mortajas o en las pesadas pardas capas «de respeto» y salmodiando el salmo L en una tétrica traducción hecha por fray Diego de Cádiz, el violento predicador del Altar y el Trono, que subraya con placer en sus palabras que el hombre ha sido concebido en pecado y será ceniza y nada.
Ninguna «Santa Compaña» hay aquí; ninguna o escasas leyendas sobre el poder del Diablo, y nada de brujería o magias negras en estas tierras. Pero tampoco ninguna imagen del Paraíso en el Más Allá, ni del «novum» histórico en el más acá; sólo la muerte que es «la hora de la verdad». La mortaja fue ajuar de novio, y el traje de novio es traje de mortaja. Y «este Cristo de mi tierra es tierra».”