“Las paredes rocosas formaban una escarpa vertical salpicada de verdura. El hilillo de agua del Guadalevín discurría en lo hondo, entre las peñas y, más lejos, el llano ondeaba amarillo y rosa, como un helado de fresa y de vainilla. Las chovas se cernían inmóviles en el aire. De súbito, como obedeciendo a una señal, se sambucaron bajo los arcos, lanzando gritos.”
“Hermosa y, por debajo, trágica, la imagen de Ronda sigue viva en mí en sus dos dimensiones. La que se me abría por la ventana espléndida, entre lectura y lectura, poema y poema, y la que, por las calles, iba embargándome con una pesadumbre parecida al remordimiento.”
"La playa era hermosa, el pescado excelente y el pueblo aún se mantenía desconectado de las cochambres turísticas, aunque ya empezaban a cundir los desafueros arquitectónicos, gracias sobre todo a las orgánicas atrocidades de los especuladores surgidos al socaire del llamado «primer plan de desarrollo». Conil era un lugar de amenas historias árabes, primorosamente estampadas en piedras, gestos, hábitos, y desfiguradas con el tiempo por la acción corrosiva de sus nuevos dominadores."
JOSE MANUEL CABALLERO BONALD: La costumbre de vivir.
“Por si no lo he dicho antes, estamos hablando de Conil de la Frontera, un pueblo marinero situado en la región más antigua y más ofendida de occidente: la costa gaditana. El pueblo no es muy grande y, visto de lejos, se asemeja a un brochazo blanco sobre la playa que llaman de los Bateles. Sin embargo, a la noche, recién encendidas las casas, guarda cierto parecido con un belén navideño de los tiempos de Augusto, no haciendo falta que sea época de villancicos para que el milagro acontezca. Ocurre en todas las épocas del año, incluso en las de verano, con sus noches de brisa agradable y sardinita a la plancha, siendo en tan candente estación cuando el Nacimiento puede verse al completo. No faltan ni las luces de mentiras ni las estrellas de purpurina, ni tampoco los camellos ni sus tabernas brillando a lo lejos.”
"Las calles de Vejer, adosadas a las irregularidades del monte y tendidas hacia la cumbre que ocupa la parroquia de El Salvador, definen la saturación de todas las blancuras. El pueblo entero -las paredes y hasta los tejados y las aceras- está tan obsesivamente encalado, que ha llegado a esa situación límite en que el blanco es ya una fulguración cegadora. Hay casas excelentes, de patios hondos y amplias fachadas neoclásicas, y hay casitas deliciosas, de recónditas penumbras y laberíntico trazado: un perfecto maridaje entre Grecia y Marruecos."
JOSE MANUEL CABALLERO BONALD: De la sierra a la mar de Cádiz.
“Cantan las campanas como si mezclaran cal viva con vino de rosas, como si echaran al aire las penas para que se las llevara el viento de Levante, como si agitaran cuentas para que la noche fuera fresca y llevadera. Cantan las campanas de Vejer a todas horas mientras la tarde pasa con sosiego de arriero antiguo, como las calles iluminadas de blanco, que es el color de los que saben enamorar al sol y ahuyentarlo para que no se apasione tanto que lastime. En esto del blanco hay que saber los quites, ahuyentar olores y pestes con caligrafía de enjabelgador, tinta que sabe de sombras y de vanos, de arcos y celosías, de aljibes y anaferas, zaguanes y lebrillos, palmeras y limoneros. Hace tiempo que fui niño pero no se me ha olvidado ni el agua de los pozos ni el vuelo de las cigüeñas, la espadaña de la plaza de la Consolación y el ringorrango de las campanas, el vuelo vertiginoso de las cometas y el dibujo de las veletas. El niño mira al gallo de hojalata, que a veces es gallo de hierro, silueta de cresta, pico y espolones, y recuerda un cuento que le contaron, de sombra, calor y lagarto, con el viento tan calmo que parecía muerto y él todo orejas, bebiendo las palabras como quien bebe vientos. Beber los vientos por las chicas fue otra edad de plata del niño que dejó doblados los pantalones cortos para siempre y empezó a hacer el ganso como si tuviera planta de veleta. Pero a veces vuelve a asomarse a la terraza, a la torre que, como la de la iglesia de Vejer de la Frontera, fue antes alminar, como la iglesia fue mezquita, y a poner, como Fabián, ojos de niño que mira el mar, marinerito, hijo de la veleta que se sube a lo alto de la cal y compra cielos de añil para que cuando crezca sepa de donde viene el viento y que lo importante no es vivir, sino navegar.”
"Por el aire de Medina-Sidonia flota como una mezcla de resignación y arrogancia materializada en las piedras decrépitas y las paredes bruñidas, en las humildes barandas populares y los ricos herrajes barrocos. Por la parte alta del caserío quedan vestigios del que fue famoso castillo moro, que pasó luego a manos del duque de Medina-Sidonia -cuyos dominios llegaban hasta Huelva- y fue finalmente destruido por orden real."
JOSE MANUEL CABALLERO BONALD: De la sierra a la mar de Cádiz.
“El cerro donde se asienta Medina Sidonia no es más alto que la torre Eiffel. Parece construido sobre el llano de la Janda y del Barbate por ingenieros que manejaban bastante bien la roca con revestimiento de tierra. De estas atalayas hay muchas en España, todas desaforadas y dominadoras; todas con su castillo en la cima, su iglesia, su caserío amurallado. Desde lejos, estos hermanos cíclopes comunican, y Sidonia sólo se digna hablar con Arcos, con Vejer de la Frontera, con Alcalá de los Gazules. Pero el cerro de Medina Sidonia, el más gran señor de esta Andalucía baja, es también el más amable y el que mejor oculta su tradición guerrera. La cuesta es agria. Para escalarla ha de resecarse un poco el motor del coche. Bordea el camino una hoya que recuerda el tajo de Cuenca con sus casas colgadas o enquistadas sobre roca viva; pero ésta es su única apariencia feroz a medida que vamos ganando la pendiente, llegamos a huertos y jardines que dulcifican el gesto del monstruo, y, en suma acabamos por ver que se humaniza, es decir, que es tierra también, como el llano y como nosotros. Vueltas y revueltas, antes de llegar a las murallas, que, si no me equivoco, están enjabegadas para disimular su vejez. Casitas claras, proporcionadas, discretas, como hechas por buenos alarifes que no han estudiado arquitectura; casas solariegas con su escudo de la Reconquista, su reja y su patio andaluz, y desde el primer paso que damos por Medina Sidonia, cuestas, siempre cuestas, hasta llegar al descansillo de la plaza triangular; que debe llamarse –de seguro se llama- plaza de la Constitución.”
LUIS BELLO: Viaje por las escuelas de Andalucía.
JOHN MCLAUGHLIN / AL DI MEOLA / PACO DE LUCÍA: Orient Blue.
"¿Se cayó, se ancaramó? Se desdobló en mariposa quieta. Entre la verdad del agua y el sueño de la alta cuesta. Arcos, dos arcos, dos alas. Arcos, presto para el vuelo. ¿Y el Guadalete? En el cielo."
“¿Qué es lo que más cautiva vuestra sensibilidad de artistas: los llanos uniformes o los montes abruptos? ¿Cuáles son los pueblos que más os placen: los extendidos en la llanada clara o los alzados en los picachos de las montañas? Arcos de la Frontera es uno de estos postreros pueblos: imaginad la meseta plana, angosta, larga, que sube, que baja, que ondula, de una montaña; poned sobre ella casitas blancas y vetustos caserones negruzcos, haced que uno y otro flanco del monte se hallen rectamente cortados a pico, como un murallón eminente; colocad al pie de esta muralla un río callado, lento, de aguas terrosas, que lame la piedra amarillenta, que la va socavando poco a poco, insidiosamente, y que se aleja, hecha su obra destructora, por la campiña adelante en pronunciados serpenteos, entre terreros y lomas verdes, ornado de gavanzos en flor y de mantos de matricarias gualdas… Y cuando hayáis imaginado todo esto, entonces tendréis una pálida imagen de lo que es Arcos.”
La carretera de Jerez a Arcos tiene dos filas de eucaliptus, lo que le da un aspecto un poco australiano. Por el camino se ven aldeanos, que pasan con su hatillo al hombro, deslizándose como fantasmas. Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado en una colina elevada, a la que van escalando las casas, y rodeado en parte por las aguas amarillentas del Guadalete. Tiene Arcos calles estrechas y pendientes, algunas con escaleras, una plaza pequeña y una iglesia, con una fachada de estilo gótico florido. Tiene también otra iglesia más moderna, barroca y alegre. Las casas, por la parte del río, están como colgadas en el cerro, donde se asientan, y parece que se van a desmoronar.
"Al cabo de los años, el viento y la lluvia habían mordido la carne rugosa de esta muela enorme que era la peña, puesta en pie y desafiante, y presentaba arañazos y cicatrices. Como bocas abiertas, las cuevas de los buitres acechaban la lejanía, a unos metros por debajo de las casas del pueblo, que asomaba al precipicio sus cabezas almenadas, sin temor al vértigo. En sus extremos, el corte se dulcificaba en unas enriscadas colinas pobladas de murallas ruinosas, torreones encalados y chumberas delirantes."
“En Arcos se ensamblan, aparte de la romana y la árabe primitiva, tres poblaciones: la morisca, la gótica o barroca de las iglesias y conventos, y la neoclásica de las casonas y palacios. El callejeo debe empezar por el caserío morisco. La identidad entre ese intrincado albaicín y cualquier pueblo norteafricano es sorprendente. Y ahí está ya la cal, una cal milenaria que ha terminado por convertir el muro en un amasijo de nieve perpetua.”
JOSE MANUEL CABALLERO BONALD: De la sierra a la mar de Cádiz.
“Quien no tiene nieve la inventa; no he visto nunca un blanco más intenso que el de las casas de Zafra y Llerena, he rodeado la Gran Ciudad hasta la blanca tela de araña de Arcos de la Frontera, todo congelado por el calor, la nieve endurecida de los iglús llena de fuertes sonidos españoles, he conducido por la baja llanura del Guadalquivir hasta Cádiz.”
“Zafra se esponja de su calle de las sierpes; el castillo recuerda a Santa Fe; recuadra un cordón de piedra el pórtico del hospital de Santiago; las iglesias son góticas; centra la plaza, de soportales de roca, una cruz de hierro; los balcones se abren saledizos como tribunas, para la procesión, para la feria.
No cuenta Extremadura con feria más importante que la de Zafra: unos sanmigueles en octava, pues se celebran el 4 de Octubre. Olivareros, los alrededores casan con el nombre de la pequeña ciudad: zafra, tinajilla de latón para el aceite.
¿He dicho que las rejas son curvas? Rejas de jaula, para holgura de las macetas, de roja alfarería de Barros, y más luz a las ventanas, encandecidas de tanta flor.
PEDRO DE LORENZO: Extremadura, la fantasía heroica.
“Has dicho sorpresas… Y sorpresa es todo Zafra, a cada paso. Está, por ejemplo: las plazas. La Plaza Chica, la Plaza Grande, con su cordón umbilical, el “Arquillo del Pan”. Te sientes dentro de ellas como sumido en un arca viva de tradición, contemplando su ámbito de antañones soportales y ángulos abiertos a viejas calles tortuosas. Por doquiera que miras, columnas; columnas cilíndricas, columnas prismáticas, recias, macizas; columnas adosadas a encalados contrafuertes; columnas corroídas por la caricia del tiempo. Al fondo de las mismas, en los bajos, unas anchas, unas recias puertas claveteadas, y a su lado, estrechas entradas para acceder por escaleras pinas y angostas a los altos, de embalconadas fachadas y ventanitas cuadrilongas, ventanitas con su arcano, ventanitas oscuras, tenebrosas.”
FERNANDO PÉREZ MARQUÉS: Postales de andar extremeño.
"Perderse, desaparecer, cambiar de identidad, renacer con otro nombre. He tenido esa tentación muchas veces, con frecuencia al viajar por países lejanos pero también deambulando por las calles de mi ciudad e incluso sentado en un sillón de mi casa. En todos los casos he experimentado el goce de tomar otro rumbo radicalmente distinto, aunque sólo fuera con la imaginación: matar al que eres es, entonces, una forma posible de inmortalidad, la única resurrección que está al alcance de nuestra mano."